Cuenta una leyenda que una joven a punto de morir en el suspiro de un recuerdo, gritó. Gritó. Y lo hizo tan fuerte, con tanta energía y énfasis que su eco atravesó todos los planos de existencia llegando a los oídos del dios de la creación. El dios, sorprendido y complacido por la fuerza que emanaba aquel recuerdo, tuvo una idea para su próxima creación: el reino de las oportunidades.
Actualmente y no muy lejos de aquí, en el reino de las oportunidades, vive una princesa soñadora. Se pasa el día entero soñando, imaginando lugares nuevos, experiencias emocionantes, aventuras por vivir.
Se dice que en el reino de las oportunidades, todos los errores se pueden corregir. Las sombras del pasado; los tormentos del futuro no tienen cabida. Los nacidos en el reino de las oportunidades, desde que nacen hasta que mueren, viven con esperanza. Saben que allí aunque se equivoquen, tendrán en un futuro otra oportunidad para corregir sus errores, exhalar sus penas y expiar su alma. Pese a este conocimiento a todos los ciudadanos se les enseña de pequeños a no hacer uso de este privilegio pues, como todos sabemos: nada es eterno...
- Buenos días - dijo una de las sirvientas a la princesa. - Ya es medio día, debería levantarse; hace un día precioso, ideal para pasear.
- No me apetece - fueron las escuetas palabras de la princesa. La sirvienta, acabó de dejar la ropa limpia en la cómoda y se marchó discretamente. En el fondo la comprendía. Comprendía porqué la princesa había llegado a ser así. La conocía desde pequeña. La había visto crecer y hacerse toda una mujercita. Su padre, el rey, demasiado ocupado con los asuntos del reino no tenía tiempo para dedicarle a su hija. Y la reina... se puede decir que la presionaba demasiado. Hace poco había proclamado la futura boda de la princesa.¡Si ni siquiera había podido llegar a querer a alguien! Tendría que elegir a un pretendiente de los muchos que vendrían en las próximas semanas. ¡Ay! ¡Pobre princesita!
Mas tarde, cuando la princesa estaba sola en su habitación, se levantó de la cama y mientras se desperezaba pensaba en lo emocionante que sería viajas a otros reinos, ver las maravillas exóticas que allí se escondían para después volver y contarlas a todos.
Sus labios dejaron volar un suspiro de resignación que la devolvió a la realidad y le permitió, a su vez, oír el ambiente que se cocía en la entrada del palacio: parece que ya habían llegado algunos pretendientes.
- No tengo ningún interés en entrevistarme con ellos.
La princesa solía bajar a la calle a pasear, saliendo de palacio a escondidas, y mezclándose con la plebe. Casi siempre que bajaba veía de lejos a un chico solitario y callado, alejado del resto de niños que jugaban y reían.
- Me pregunto que hará ahí solo todos los días. Parece como si estuviera escondiéndose de algo o alguien.
En esta ocasión la princesa se acercó un poco más al extraño chico para ver que hacía ahí todos los días. Al acercarse vio que: ¡Estaba lanzando piedras al castillo!
- Oye tú, ¿Qué crees que estás haciendo? - dijo la princesa indignada.
- Odio. Detesto ese lugar.
- ¡Yo vivo allí! - dijo la princesa.
- ¿Ah sí? - Contestó el chico. - Y... ¿qué tal es?
- Es un lugar maravilloso. Y no deberías tirar piedras. - Dijo la princesa orgullosa - De repente, el chico se giró con una inesperada sonrisa y le dijo a la princesa
- ¿Quieres dar un paseo conmigo y hablamos?
- No - dijo secamente la princesa (aunque a ella le apetecía mucho hablar con cualquier persona) - Tengo que hacer cosas en palacio. - La cara del chico se entristeció mientras decía un simple
- Entiendo - Y casi sin acabar de decirlo miró al palacio con un suspiro y dándose suavemente la vuelta se alejó sin decir nada mirando al suelo. Ensimismado.
Al día siguiente la princesa volvió a salir de palacio a escondidas para comprobar si el chico había vuelto allí a hacer de las suyas o si se había enterado de lo que podía y no podía hacer. Como sospechaba la princesa volvía a estar allí, pero esta vez no estaba lanzando piedras. ¿Estaba llorando? La princesa se puso a caminar en su dirección y sin llegar a acercarse del todo, vio que el chico, prácticamente inmóvil, y dándole la espalda a la princesa, se secó las lágrimas embutidas en un saco de rabia, desesperación y resentimiento y dijo
- ¡Vaya!, ¡si es la "princesita"! ¿Qué haces aquí, mezclándote con el populacho? ¡¿Por qué no vuelves a tu "maravillosísimo" palacio?! - La princesa se quedó parada con los ojos como discos. En ese momento no creía que le hubiesen hablado nunca con una falta de respeto semejante, pero no dijo nada. Se acercó un poco más hasta que la sombra proyectada por el sol del atardecer de su cuerpo erguido se fusionó con la del chico que estaba sentado. Y mientras se acomodaba, sentándose a su lado, el chico dijo entre sollozos
- "L-o sient-o" - La princesa lo miraba a su lado con cara de sorpresa y una extraña comprensión - he tenido un mal día, no debería haberte dicho eso. - En esta ocasión el chico se levantó bruscamente y salió corriendo derramando lágrimas mientras corría; lágrimas que se veían reflejadas en los ojos de la princesa.
Pasaban los días. La princesa salía todos ellos de palacio a la misma hora, posponiendo su decisión y a escondidas. Al salir miraba siempre al mismo sitio. Con esperanza. Esperanza vana, ya que sus expectativas no se cumplían nunca. ¿No estábamos en el reino de las oportunidades? ¿Por qué ella no tenía la oportunidad de volver a verlo? Quería saber porqué se puso a llorar el otro día. Porqué se fue tan de repente. ¿Qué le habría pasado...?
Un día como cualquier otro, solo que un día más desesperanzador que el resto, la princesa volvió a salir del castillo y miró al mismo sitio al que miraba desde hacía ya varias semanas, esperando ver lo que había visto todos los días anteriores. ¡Esta vez estaba allí! ¡Había vuelto! La princesa fue corriendo desde donde estaba, sonriendo, hasta donde estaba el chico, aunque fue cada vez decelerando y perdiendo la sonrisa del rostro (Tenía que serenarse. No era propio de una princesa rebajarse a mostrar la alegría de una forma tan descarada).
- Me alegra ver que has decidido dejar de tirar piedras al castillo, comportándote como es debido - dijo con una voz casual la princesa.
- Ya me he resignado. Ahora me encuentro mucho mejor - dijo el.
- ¿Por qué no has venido todo este tiempo?... quiero decir... antes te veía siempre por aquí y desde aquel día no has vuelto.
- He tenido muchas cosas que hacer. Venía aquí a "desconectar", a evadirme del mundo ¿Sabes? Me gustaría ver mundo, vivir nuevas experiencias, ¡aventuras! Pero me es imposible. Sólo puedo soñar sabiendo que nunca podré cumplir mis deseos, mis ilusiones...
- (¡Yo también quiero vivir aventuras!) pensó la princesa aunque en realidad su "estatus" solo le permitió decir - Hay que aceptar la realidad tal y como nos viene dada.
- Sí, imagino que así es... - De repente la princesa se fijó en el chico. Era un chico muy bien plantado. Y era bastante guapo. Había visto chicos más guapos en su vida, pero la sonrisa de resignación que ponía en ese momento le daba un aire interesante.
- Por cierto... ¿por qué estabas triste el otro día?
- ...
- ¿Y bien...?
- ... Mis padres quieren... que me case. Una boda concertada... se podría decir. ¡Pero yo no quiero! ¡No quiero casarme con una persona a la que no amo! Que no está en mi corazón... Además de que si me caso con esa persona... nunca podré cumplir mis sueños.
- Te comprendo - dijo la princesa con una sonrisa que al chico se le antojó completamente opuesta a lo que decían sus labios. - Yo también voy a tener que casarme forzosamente con un pretendiente dentro de poco...
- He de irme..., dijo el chico. Esta era mi última oportunidad para estar aquí. La semana que viene me casaré porque mis padres así lo quieren y no pueden esperar que encuentre a alguien que ame y me ame de verdad. - Bajando la cabeza dijo - Muchas gracias por haberme esperado todo este tiempo. Por haber estado conmigo aquel día que me encontraba tan mal. Y por haber intentado comprenderme. - Se levantó suavemente y empezó a andar despacio, como si esperase algo y no quisiera irse.
- (¡Espera!, ¡Yo también quiero vivir aventuras!, ¡Quédate un rato más conmigo!, yo soy..., yo no soy..., por favor...) - Esos fueron los pensamientos de la princesa. Pensamientos que no llegaron a salir de su boca aunque fueran más intensos de lo que nunca hubiera podido reconocer. El chico entró en el palacio despareciendo por un umbral de oscuridad que ocultaba su cara. Una cara que la princesa no volvería a ver. Una cara que reflejaba todo lo que la princesa no había podido expresar. Una cara que dejó un rastro húmedo en las puertas del castillo.
Entonces la princesa lo comprendió todo, al igual que la luna que contemplaba desde el cielo.
"Los reyes de este reino, solo tienen un descendiente. El príncipe se casará la semana que viene."
Llegó el día la boda, el príncipe salió de palacio con una sonrisa falsa y forzada. Al final, sus padres se habían salido con la suya. Se casaría con una mujer que no amaba. Una que no había estado nunca en su corazón: La princesa del reino del deseo. La "princesa" del reino, miró al castillo desde su humilde casita intentando contener las lágrimas mientras oía la música nupcial. No lo consiguió, pero la música amortiguaba cualquier sonido externo así que el eco de las lágrimas al caer sobre el suelo no llegó a oírse más allá de su contraído corazón. Las mentiras de su fantasía y su autocompasión la habían traicionado.
La princesa del reino de las oportunidades por Carlos Ballesteros Velasco
